lunes, 29 de abril de 2013

Caminante de Raíles - Prólogo.


                  Prólogo


Huele a primavera, a bosque. Hacía ya bastante que no iba al norte, pero las graves circunstancias en las que se halla mi madre me obligan a ello. Sid, mi mejor amigo desde la infancia, me habló de que hacía poco había quedado un buen piso libre en el centro de Aracena. Yo quería mudarme a la ciudad, sitio lleno de coches y entretenimiento donde seguramente haría más amigos, pero por alguna extraña razón, me atraía más la idea de irme al pueblo. Yo nunca he sido chico de campo, pero esta vez siento necesidad de irme a un lugar apartado.
-Señor, ¿se encuentra bien? – me pregunta una humilde señora.
No me había dado cuenta de que habíamos parado, y ¡qué raro! suelo darme cuenta.
-Sí, sí, no se preocupe, solo estaba pensando.
Lo primero que veo al bajar del tren es a Sid. Alto, delgado y con el pelo alborotado, levanta la vista de su IPhone y me saluda haciendo señas y dando gritos para que me acerque. Hacía años que no lo veía debido al trabajo. Sin duda no ha cambiado.
-¡Eh, cabroncete! Deberías haberme avisado de que te habías dejado barba, de haberlo sabido te habría traído una maquinilla, ¡estás que das pena! – confiesa sin un ápice de vergüenza.
-Tú siempre tan sincero… ¿Cómo va todo por el pueblo Ese?
-Las cosas van bien, nada del otro mundo. Te he encontrado un piso perfecto, es pequeño, pero supongo que no te quedarás mucho tiempo.


Cuánto más hablamos más pienso que he hecho bien en venir. Pasamos unos minutos hablando y me monto en el coche mientras Sid compra unas cosas en la estación. Estamos en un sitio bastante extraño, los trenes pasan muy frecuentemente pero pocas personas salen de ellos. Observo las vías. Están sucias, oxidadas y rayadas debido al roce de las ruedas. A la izquierda hay un ramo de flores, justo al lado de las vías. Se me hace raro, no me había percatado de el antes y eso que resalta bastante tanta variedad de color en un sitio gris como la estación. Supongo que debe estar ahí por algún accidente de tren en el pasado. Sid aparece y rompe el silencio y con el mis pensamientos.
-Bueno, ¿preparado para vivir en el pueblo? – me pregunta.
Y yo no sé qué responder, no sé si me acostumbraré a la vida en el pueblo.
-Sí, o al menos eso espero.
Sonrío. Sonreímos. Y nos adentramos en una carretera pequeña que nos da la bienvenida a Aracena.
-Ea, ya estás en tu nueva casa – me grita emocionado Sid.
-Sí, ya veo… No me dijiste que estaba amueblada y decorada, ¿no se llevan sus cosas? Aquí hay fotos y papeles.
-No lo sé tio, recuerda que yo vivo en el pueblo de al lado, no tengo ni idea de quién ha vivido aquí pero desde luego tenía buen gusto.
Abro el frigorífico y meto un paquete de cervezas que ha comprado Sid por el camino. Nos sentamos en el sofá y enciendo la tele, no hay nada interesante así que miramos si hay películas guardadas. Encontramos unas cuantas de bastante mala calidad,  probablemente pirateadas, y nos decantamos por la que parece más reciente. Encendemos el reproductor de DVD y para nuestra sorpresa, ya hay un DVD dentro. Es una película de amor bastante antigua.
-Tío, ¿esto no es un poco raro? ¿Por qué no han recogido nada de la casa? ¿Tendrá alguna plaga o algo?
Empiezo a preocuparme, Sid se ríe nervioso y empieza a mirar a todos lados.
-No creo, el piso está en muy buen estado y en el contrato no sé mencionaba nada de plagas, imperfectos o cosas sobrenaturales.
-Más te vale no haberme alquilado un piso encantado, ¡eh!
Nos reímos. Le damos al play y empezamos a criticar las películas amorosas con argumento pobre.
Se acaba la película y acabamos llorando los dos. Seguramente si la hubiese visto con otra persona no habría llorado y me habría reído de las desgracias de la protagonista pero, por suerte, Sid es mi mejor amigo y no me da vergüenza llorar delante de él.
Nos levantamos y abrimos unas cuantas cervezas, se nos hace de noche pero el hecho de no haberlo visto en años hace que le invite a quedarse hasta tarde. Empezamos a hablar sobre la casa y sobre lo extraño que es que el propietario/a  no haya recogido nada. Según Sid, la gente del pueblo es muy simpática y nadie huiría por su culpa. El dice que se rumorea que el propietario huyo de la casa un día sin dar explicaciones, pero claro, eso es un rumor.
Decido salir de casa y preguntarles a mis vecinos por el anterior inquilino que vivió en esta casa, pero como llevo siete cervezas y una pizza peperonni gigante entera, Sid me lleva al sofá y me dice que mejor me quede tranquilo. Replico, el alcohol no tiene  efecto sobre mi pero cuando lo digo me da un mareo y casi que me orino encima. Mi amigo se ríe y empieza hablarme de que mi vecina se parece a un “furby”, creo que a él le afecta mucho más el alcohol. Le invito a quedarse en casa esta noche pero antes de que termine la frase ya se ha dormido. Me río, cojo un cojín y me quedo dormido en el suelo.                                          
Me despierto asustado. Es mi tercera noche en el piso y de momento no he dormido bien ni una sola vez. El apartamento no está mal, no es frío ni tenebroso, al contrario, es acogedor y juvenil. El antiguo propietario debió ser un adolescente o una familia con adolescente ya que la decoración es muy moderna y divertida. La cocina tiene pintados pimientos y tomates en las paredes, y el salón es blanco entero, con sofás de tapicería graffiteada. Mi habitación, la única en la casa, tiene un ventanal bastante grande y varías fotos colgadas que probablemente olvidaron recoger. Decido levantarme y me pongo a cotillear, por así decirlo, entre la estantería del que antes dormía aquí.
Hay varios libros de instituto y algún que otro cómic. No parece interesarme ninguno, así que los dejo en su sitio y al hacerlo, me doy cuenta de que hay uno que no había visto antes. Es blanco entero y está pintarrajeado por delante y por detrás. Parece haber sido usado durante bastante tiempo, y ahora que me doy cuenta, no es un libro, es un diario. Intento abrirlo pero tiene llave, así que me concentro en buscar la llave. Paso así cosa de media hora hasta que por fin encuentro la pequeña llave en uno de los cajones de la mesa de estudio. Meto la llave en el pequeño candado. La giro. Abro el diario. Leo:

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