Ese beso me había dejado pasmado, en una mesa sentado, mirando al suelo, con las piernas colgando y sonriendo como si fuera un niño pequeño con zapatos nuevos. Todo me parecía de otro mundo, como si nada de lo que me rodeaba fuera real, la chica que llevaba buscando durante años, alguien especial, me había besado hace menos de cinco minutos; no más. Ella se fue al patio recreo para seguir con sus amigas mientras que yo me quedé pensando en cómo cambiaría todo, tan de repente. Un pequeño país de locos en el que mandaba un psicópata. En ese mismo momento, todos los chicos de la clase entraron y cogieron sus maletas, nos cambiábamos de clase. Me miraban con indiferencia mientras ella lo hacía de reojo y riéndose.
Al salir de clase, la estuve esperando en la salida del instituto para irnos juntos a casa, en el camino tuvimos que parecer dos amigos normales y corrientes, porque sus amigas también venían con nosotros, sin contar con que nunca íbamos juntos a ningún lado. Ella y yo cogimos hoy un camino diferente para volver, la acompañé hasta su puerta. Su residencia era enorme, estaba justo al final de la calle, destacando entre las demás de alrededor. Tenía unos ventanales enormes dejando ver el interior de su casa. Su puerta era de un color grisáceo metálico, era de una madera muy robusta decorada con gran cantidad de remaches y ún llamado de hierro con forma de mano. Una vez allí, al estar solos de nuevo, me cogió de la mano sin yo ni siquiera habérmelo esperado, dijo que estaba sola y si quería entrar a comer. Acepté encantado. Ya dentro del domicilio, me llevó a su habitación y al cerrar la puerta, nos pusimos a hablar.
-Landom, quiero hacer una cosa que jamás he hecho con nadie - Me dice mientras me coge de la mano derecha acariciándola suavemente con la suya.
-Cristal... ¿No crees que es pronto para hacerlo? - Le digo muy preocupado con una voz entre cortada.
-No es eso idiota, quiero ver una película contigo, los dos acurrucados, cubiertos por una manta.- Me abrazó por el pecho, tirándome directo a su cama, sin poder resistirme.
-Dime qué película vemos, y la ponemos en el DVD.
-Quiero ésta.- Dice señalando una de miedo.- Me encantan las que te pegan sustos, porque así podré abrazarte y sentirme segura.
Encendió la pantalla, insertó el disco y acabamos viendo la película los dos tumbados en la cama, con las luces apagadas y las persianas echadas; el cuarto totalmente a oscuras. Se tiró encima de mi brazo, y yo, viendo la película incómodo a causa de que mi brazo se estaba quedando dormido. Ella se asustaba siempre que pegaban un grito o aparecía un muerto de repente. Cuando la película había terminado, se dió la vuelta y empezamos a besarnos. Así durante una media hora más o menos. Poco a poco, ella se estaba adormilando, hasta que por fin, cayó rendida. Para no interrumpirle el sueño ni nada por el estilo, salí de la cama con cuidado, bajé a la cocina y estuve preparando una pequeña merienda un tanto peculiar: en un plato tenía unas ricas crêpes con chocolate blanco untado por encima, otro con una tarta pequeña de dulce de leche y finalmente, un vaso de horchata. Si de algo estaba seguro en ese momento, es de que dejé la cocina hecha todo un estropicio. Así que me dispuse a limpiar todo aquello antes de que se despertara por cualquier razón. Al menos se despertará con ganas de comerse hasta el plato, gustándole mucho aquel detalle, nada más terminar todo, cogí mi mochila, me la llevé a los hombros, salí por la puerta principal y fui directo a casa.
Una vez que llegué a casa, me senté en mi cuarto, en la esquina; a llorar. Este mundo era difícil para mí, estaba prácticamente solo, sin ayuda de nadie ni apoyo de ninguna de las maneras; todos mis sueños tirados a la basura. Mis padres se fueron a un lugar mejor hace bastante tiempo, jamás tuve amistades por miedo a contarles secretos íntimos y que al momento me dieran de lado como si fuera un juguete que ya no funcionaba, que estaba roto; al igual que mi futuro. No sería la primera vez que me pasaba, de chico tuve problemas en la escuela. La sensación de inutilidad en el mundo me llevó persiguiendo años y años, desde que tengo conciencia, sin lugar a dudas. En absoluto me gustó el mundo y su forma de tratarme, pero había algo que me unía a todo esto. ¿Sería la escritura? ¿Tal vez el arte? Nunca lo supe, ni tuve intención de ello. Creía que de las pocas cosas “positivas” que le encontraba a estar solo en casa, era poder ser mi propio jefe, poder decorar mi casa a mi gusto, traerme a quien yo quiera, etc. Pero la duda siempre fue la misma: ¿a quién? Si no tenía a nadie, no servía de nada. Una sociedad sin gente, un desierto sin arena, una lágrima sin sentimiento, una llave sin cerradura... Eso sí, para poder mantenerme, tenía que trabajar muy duro los fines de semana como mecánico en uno de los talleres del polígono, al fin y al cabo, todo esfuerzo daba sus frutos, o eso dicen. Esperaba poder saltar este obstáculo de mi camino que es mi vida. Además, al tener una relación con Cristal, aunque para sus amigos fuéramos unos simples compañeros, de momento. Creía que podría entablar amistades con ellos, y así, no tener como única compañía a mis libros y la música.
Al mirar por la ventana, y ver que se había vuelto de noche, las luces de las farolas estaban encendidas y las estrellas resplandecían en el cielo negro. Creía que era más que obvio el tener que ducharme, para así estar más tranquilo e intentar tener una noche más apacible o al menos intentarlo. Una vez fuera de la ducha, miré mi teléfono móvil; tenía una llamada perdida, como no, de ella. Supuse que se habría despertado al ver aquel mensaje. Esperaba que hubiese disfrutado bastante con el pequeño guateque, además de que se lo pudiera comer sin problemas; ya que una vez me dijo que le encantaba todo lo dulce. Sinceramente, creo que la última vez que cociné con tanta dedicación fue en la comida del funeral familiar. Supuse que era porque ella fue especial. De una manera u otra, le había dado color a mi triste forma de ver todo el mundo, no todo el que uno deseaba, pero por algo se tenía que empezar.
¡Oh! Acababa de recibir un mensaje de Cristal: "Me ha encantado la merienda, en serio. Lo único que falta es que estuvieras tú". Dios, la verdad es que aquel mensaje me hizo reir como un tonto. Recordé que día era, así que fui a coger la mochila e irme como todos los viernes de madrugada, al cementerio. Abrí la puerta de casa, hacía un frío aterrador, cada paso que daba congelaba más y más mis pies, el vaho ascendía por el aire mientras yo bajaba calle abajo. Todo estaba desolado, no había ni un alma por ningún lado, a pesar de haber atravesado casi todo el pueblo para ir hacia el sacramental. El cual, tenía la verja de la entrada abierta. Andé cauteloso, por si acaso molestaba a alguien que rondara por allí cerca rezando a sus difuntos. Vi las lápidas de mis progenitores: "María Oiseaux (1969-2010) y Lucio Marín (1967- 2010). Fallecidos por accidente de tráfico". Al verlas recordé aquel día:
Íbamos los tres muy felices de camino a Málaga, para ver a mi nueva sobrina, Marina. Que es la hija de mis primos. Estábamos hablando de cómo creíamos que sería ella, si era gordita, muy chica, blanquita, morena, etc. Veíamos que los coches se cambiaban rápidamente del carril hacia la derecha, haciendo sonar el claxon. Yo me preguntaba el porqué de esos movimientos tan extraños de los conductores. Al momento vi cómo un coche rojo se dirigía directo hacia nosotros, de frente. Un conductor kamikaze yendo en dirección, no sabía qué hacer, el tiempo se paró por un momento, viendo a mis padres gritar del miedo que les provocaba la situación. Solo supe agacharme y cubrirme tras el asiento rápidamente. Al mismo tiempo, mi madre giró el , para así intentar evitar la colisión. Lo cual provocó que nuestro coche empezara a dar vueltas de campanas sin cesar, el otro coche no nos dió, pero al haber recibido tantos golpes del arcén, mis padres murieron por graves golpes en la cabeza y el cuello. Al abrir los ojos, yo estaba tumbado en un hospital. Inspeccioné todo mi cuerpo, dando con una herida enorme en mi brazo izquierdo, del que me tuvieron que coser la carne, en total; veintisiete puntos. Justo al vérmelo, vino un médico bastante anciano a darme la amargante noticia sobre el resultado del siniestro.
Cada noche, soñaba con aquel momento, siempre igual. Hasta haber llegado a tal punto de no dormir apenas, siempre he necesitado ayuda de profesionales, como psicólogos, traumatólogos... Después de terminar de recordar la amargante experiencia, cogí una espátula de mi mariconera y empecé a quitar el musgo que tenían las tumbas al estar en un lugar húmedo, dejé caer el ramo de flores allí tendido y me empecé a orar de rodillas unas frases de culto hacia ellos. Al terminar, besé cada una de las amapolas que había en el ramillete. Me fui de vuelta a casa, al llegar, me puse a pensar en qué hacer este fin de semana, ya que tengo que trabajar diez horas. Contando también que me gustaría darle una sorpresa a mi... Novia. Aunque no sé realmente la manera de hacerlo. Me tiré directo al sofá desde las escaleras, encendí la televisión, conecté la nueva computadora y empecé a ver una serie nueva que habían sacado hace poco, para así coger sueño.
Después de varios capítulos y de estar helado, fui al sótano, notaba cómo crujían algunos escalones, normal, eran de madera y tras un tiempo; se resiente. Encendí la luz y cogí una manta. Volví a mi cuarto y me tapé con el edredón de la cama, incluyendo la frazada que anteriormente saqué del subterráneo de la vivienda. El reloj marca las cuatro de la madrugada, será mejor que intente descansar para mañana.
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