Es la segunda noche en mi casa después de tanto tiempo, me parece como si hubiera estado aquí todos los días en vez de haber estado fuera de ella estos meses. De no ser por el polvo de algunos muebles, pensaría que alguien ha estado rondando por aquí. Hoy todo me resulta nostálgico: los olores, la luz, la sensibilidad... Ahora que estoy en la cama, me pongo a pensar en cómo afrontaré este cambio tan drástico en mi vida, todo me parece nuevo y como tal; creo que tendré que estudiar en verano para poder aprobar. Voy a necesitar algo de ayuda para las cosas habituales, pero creo que todo se consigue acostumbrándose a base de práctica. Si fuera otro día cualquiera, me iría a patinar por ahí, sin dudarlo, pero ya soy incapaz. Por una parte, el médico me ha recomendado no hacer mucho ejercicio las primeras semanas,y por otra parte, estoy bastante asustado, no quiero morir; ya que la última vez estuve demasiado cerca.
Ahora me dirijo a la cocina, cojo el brick de leche de la nevera y la caliento para tomármela con un poco de miel. Me siento en la silla del jardín mientras veo la pared del fondo, oculta por las enredaderas y justo encima, brillan las estrellas. Es curioso, yo siempre he visto las estrella como una competición por cual brillaba más, pero ahora me doy cuenta en que todas deslumbran en su justa medida, sin importar su alrededor, sabiendo que los planetas jamás serán lo mismo sin ellas. Todo esto me hace ver la actitud de los demás hacia mí, sé de sobra que antes era el chico marginado y asocial de la clase, pero poco a poco , he ido formando formando parte de ellos; y eso me hace sentir vivo. Esto de remodelar la cabaña del lago me encanta, además, creo que el cartel que estamos haciendo va a quedar super bien, encima de la cama. Creo que me voy a ir yendo, no a dormir, sino a la cabaña; voy a terminar el tablón de madera, como una sorpresa para Cristal, porque jamás podré estar en deuda con ella. Por tanto, cojo las llaves de casa, mi teléfono móvil y me dirijo al lago. De mientras que voy de camino, estoy mirando el cielo; pensando. <<Si esa noche no hubiera salido a patinar, creo que ahora sería un chico totalmente distinto, habría disfrutado de mil y una aventuras, quién sabe, a lo mejor no estaría con Cristal>>. Joder, qué difícil es caminar por el bosque a oscuras, los cordones de los zapatos se quedan pillados entre las ramas, escucho como se zarandean las ramas en los cristales de la casa de madera. Esta cabaña da miedo cuando es de noche, se parece a la típica casa del conserje loco de una película de terror.
Entro en la cabaña, abro la puerta y, nada más pulsar el interruptor de la luz, me ciego totalmente durante unos segundos, tapándome los ojos con el brazo derecho para que no me duela tanto la vista. Empiezo a acostumbrarme al nivel de luz, cojo la lijadora y comienzo a quitar todas las astillas, mis dedos empiezan a entumecerse a causa del esfuerzo, los brazos se llenan de heridas por el roce con la madera y los ojos se me cansan al tener los párpados medio cerrado para no pincharse con ningún trozo de madera. Al cabo de unos cuarenta y cinco minutos, he podido terminar el maldito cuadro, ¡ah!, se me olvidaba; tengo que ponerle una firma, cojo una navaja y voy rascando por la parte de atrás hasta poder escribir: Landom Marín Oiseaux. Ahora sí que está listo para ser colgado. Le coloco dos alcayatas, cojo dos cuerdas, y lo cuelgo desde el techo, pegado a la pared; queda perfecto. Me tumbo en la cama y empiezo a dar vueltas, poco a poco empiezo a quedarme dormido...
Me despierto por una llamada al móvil, qué extraño ¿por qué me llama el padre de Cristal?
-Dime señor Lock - Le digo algo extrañado.
-Landom, tienes que venir a casa urgentemente, se trata de mi hija, Cristal - Me dice Lock entre sollozos incontrolables - Fuimos a su cuarto para despertarla y al ver que no se movía, llamamos a una ambulancia, no sabemos cómo ha ocurrido; pero nuestra Cristal se nos ha ido...
-Voy a su casa, señor Lock - Le digo tartamudeando tartamuedando.
Fue el momento de colgar el teléfono y que mis ojos se conviertan en una cascada de lágrimas que no tiene fin. Esto debe ser un maldito sueño, una broma de muy mal gusto, pero por favor, que a ella no me la quiten. En serio, esto no puede estar pasando, ella solo tiene diecisiete años, no puede morir con una vida de sonrisas por delante. De la rabia que que hay ahora mismo en mi cuerpo, me levanto y empiezo a romper todo lo que encuentro a mi paso: destrozo la ventana lanzando el perchero de la entrada, rompo la mesa a base de patadas y zarandeos contra la pared, la trampilla del sótano se queda hundida después de saltar encima con todas mis ganas. Empiezo a hiperventirlarme de una manera descomunal así que me siento en el suelo, en la esquina; y sigo llorando. Una vez que me tranquilizo, me pongo en pie, cierro la puerta de la cabaña y me voy rápidamente a casa de Cristal. Toco el timbre, Judith, la mujer de Lock y madre de mi novia, abre la puerta. Tiene la mirada perdida y los ojos hinchadísimos del incesable llanto, nunca la vi así. Lock está sentado en el sofá, mirando la pantalla de la televiión, apagada.
-Querido Landom, Cristal ya está de camino al tanatorio- Me dice sin apartar su mirada oscura del televisor - Te estábamos esperando para que vinieras con nosotros, no queríamos darte el plantón sin saber nada de nuestra hija.
-Señor, no sé qué decir, me siento vacío, extraviado; sin saber quién o cuál es mi Rosa de los Vientos - Le digo mirando hacia el suelo, como si soportase ahora mismo la caída del mundo sobre mis pequeños hombros.
-Podrías empezar diciéndome el porqué de tus manos llenas de sangre y heridas - Me dice, forzando un poco la vista a través de la pantalla - Espero que no hayas hecho ninguna burrada como las que hacen los adolescentes de hoy en día.
-¡Oh, no! fue simplemente que estuve haciendo un cartel de madera, y con lo manazas que soy... Ya puede ver el resultado - Le digo mientras me miro sorprendido las manos.
-Bueno, al menos puede tener una cosa buena hoy, y es que tú estás bien - Se levanta del sofá y me da una palmada en la espalda - Vayámonos ya, es mejor estar allí cuanto antes.
Ella misma lo dijo: “Soy un caminante de raíles”. Mi corazón se acelera, en ese momento me dispongo a correr por las vías, directo a él, corriendo como alma que lleva el diablo, las lágrimas de mis ojos vuelan nada más salir de mis ojos y me lanzo, sin reparar en las consecuencias; ya las tenía muy vistas. Caigo al suelo y veo sus fuertes ruedas están enfrente de mí cabeza...
Nada más llegar al tanatorio, los padres de Cristal se dirigen al mostrador a pedir más información sobre su hija. Yo de mientras me quedo en un sillón, saco el móvil y me pongo a enviar mensajes a los compañeros de clase para darles esta amarga noticia. Ninguno da crédito a lo que leen de los mensajes, en menos de dos horas estarán todos reunidos. Al parecer, al cuerpo de Cristal le están sometiendo a una autopsia, ya que no hay datos médicos de que padeciera ninguna enfermedad. Judith y Lock se vuelven del mostrador y se sientan junto a mí, sin pronunciar palabr, empiezan a llorar rotos del dolor. Me llega un mensaje de Alicia: “Landom, vente al Paseo, hemos quedado todos allí, vamos a comprar una corona de flores, ve en veinte minutos”. No me gusta dejar solos a los padres de Cristal pero creo que ellos los entenderán más que ninguna otra persona.
-Judith, Lock, tengo que irme un momento al Paseo, los de la clase quieren comprar una corona ¿vale? - Les digo mientras me levanto sin ánimos del sillón acolchado de la entrada.
Voy caminando, mirando al suelo, viendo cómo esta vida se desvanece como si se tratara de una mota de polvo frente a una ventolra. Yo sé que esto no es normal, mi vida empeora por momentos, noto como mi cristalino corazón se destroza por los fuertes golpes de la vida, los trozos caen al suelo en forma de lágrimas y así mejoran el suelo del jardín del Edén de la soledad. De repente, una puñalada atraviesa a mi humilde alma por la espalda, nadie puede esperarse algo así, y menos cuando se va por un camino de luz, color y felicidad. De repente, noto una mano en mi espalda, me giro y es ella, como no; Alicia. Sin mediar una sola palabra, me abraza fuertemente.Al ser más pequeña que yo, tiene que poner sus pies de puntillas. Este abrazo anima a cualquier persona, pero aún así, los ojos de mi alma siguen sin ver, no es que haya niebla que me oculte el camino, sino que ya no queda camino, se ha caído al vacío y yo voy de camino al precipicio.
Al llegar a la plazoleta principal del pueblo, veo a todos en uno de los bancos dobles del centro. Están todos con sudaderas y con la capucha puesta, desde lejos se nota que han llorado muchísimo. Sus mejillas están muy rojas y las mangas se ven húmedas de limpiarse las lágrimas. Es llegar yo y que todos me empiecen a abrazar uno tras otro. Después de esto, decidimos ir a la floristería que hay encima de la plaza y compramos una corona de rosas azules oscuras, casi negras; con una banda que pone: “Descansa Cristal”. Es un poco cara, pero nada puede pagar el precio de una vida.
- Chicos, id yendo vosotros para el tanatorio ¿vale? yo iré en un rato - Les digo algo disgustados - Tengo que solucionar un asunto que hay pendiente.
- Vale, no hay problema, pero no tardes ¡eh! - Me miran todos con una sonrisa picarona, como si dijeran “Tío, ten cuidado, no vayas a liarla parda, que estás loco” - Que te necesitamos todos aquí.
Me pongo la chaqueta de cuero negra y me dirijo a la estación de tren, creo que me vendrá bien irme lejos de aquí, algún lugar donde nadie ha llegado ir y volver de una sola pieza. Es la mejor manera de perderme durante un largo tiempo, con la seguridad de que nadie podrá molestarme, en ese precioso silencio para meditar de todo lo que he hecho y he dejado de hacer. Me gustaría saber la reacción de los demás después de ver que me he fugado de esta manera, seguramente vean que soy un cobarde, pero para vivir así, es mejor empezar de cero. Sí, ahí está, la estación de trenes, su cartel de Renfe hace ver que destaca en comparación a todo su alrededor. En vez de entrar en el edificio, me desvío a la derecha, unos cuatrocientos metros, por ahí debe pasar el tren que me dará la libertad. Me salto un muro que separa las vías del tren de la ciudad. Escucho como el tren se acerca, velozmente y apartando el viento dejando atrás todo.
Ella misma lo dijo: “Soy un caminante de raíles”. Mi corazón se acelera, en ese momento me dispongo a correr por las vías, directo a él, corriendo como alma que lleva el diablo, las lágrimas de mis ojos vuelan nada más salir de mis ojos y me lanzo, sin reparar en las consecuencias; ya las tenía muy vistas. Caigo al suelo y veo sus fuertes ruedas están enfrente de mí cabeza...
No hay comentarios:
Publicar un comentario